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domingo, 11 de octubre de 2015

El encanto de una mezquita, su sencillez

A menudo nos preguntan cómo es una mezquita, qué hay, cuál es su encanto...
Pero la gente se sorprende al decirles que no hay nada en especial, ni hay imágenes como en la iglesia, ni hay altares, ni valiosos cálices, ni oro, ni siquiera bancos para sentarse.
Entonces ¿Qué hay ahí? ¿Qué tiene de especial?
Pues básicamente eso, su sencillez.
Es un lugar para adorar a Dios, para rezarle, para agradecerle, para pedirle, simplemente.
Al contrario que en las iglesias, los musulmanes creemos más necesario ayudar a los que tienen pocos recursos o invertir en proyectos de información de islam, que gastar una cantidad inmensa de dinero en adornos e imágenes que a nosotros no nos suponen nada.
Por supuesto que creemos en Jesús (que la paz sea con él) y en su madre María (que Dios la tenga en su gloria) pero a quien debemos adoración es únicamente al creador, a Dios.
He visto varias mezquitas y centros islámicos, cada uno con su encanto, y en todos se puede apreciar ante todo la sencillez.
El primer Centro islámico que visité fue el de Albacete, humilde pero de gran ayuda para los musulmanes y para mí que estaba empezando.
Más adelante visité la mezquita M-30, Centro islámico de Madrid, preciosa sin duda y ni punto de comparación con el de Albacete.
Luego hicieron centro islámico en los locales de la casa familiar de mis padres, donde pasé mi infancia. Humilde, pequeño, pero de gran utilidad para los musulmanes de la zona.
En Alicante he podido ver el antiguo Centro islámico de la playa, y la nueva Mezquita Grande, preciosa y muy bien distribuida para aprovecharla al máximo.
He podido visitar también la conocida Mezquita Kutubia en Marrakech, altísima y preciosa con una antigüedad e historia que merece la pena su visita.
Y actualmente en. Estrasburgo (Francia) muy al contrario de lo que la gente piensa por la idea del racismo en este país, hay mezquitas en cada barrio y una mezquita grande que es, sin duda, la más bonita que he podido ver hasta ahora.
Quiera Dios que pueda visitar muchas más y encontrar en todas la hermandad y solidaridad propia de los verdaderos musulmanes.
Y quiera también que mucha gente tenga oportunidad de visitarlas y descubrir el encanto de la sencillez.

La Alhambra de Granada, puro encanto

En 2003, todavía en mis inicios de este largo camino del islam, el instituto propuso un viaje al que yo no podía faltar: unos días en Granada para conocer la Alhambra, el casco antiguo de la ciudad, los baños árabes...
Allí estábamos, de viaje de estudios en Granada, dispuestos a visitar la Alhambra y el Generalife y a que un guía nos contase su historia.
Esos jardines, esas fuentes, la tranquilidad que se siente allí a pesar de estar llena de turistas, todo un encanto digno de ver y sentir.
Pero para mí, en aquel momento, creo que lo más bonito que pude ver, algo que llegué a sentir de verdad, fueron aquellas paredes con textos árabes grabados en las que podía leer perfectamente Allah, Dios (الله)
Realmente me interesaba el islam, pero también sentía una gran curiosidad por el idioma árabe.
Así que había buscado por internet el alifato (alfabeto árabe) y podía, al menos, reconocer las letras.
No sabía escribir, ni leer, y mucho menos entender, pero reconocía letras, y sobre todo el nombre de Allah que era fácil y algo en lo que me había esforzado por conocer.
No sólo me gustó la Alhambra, sino que el casco antiguo de Granada y las tiendas árabes que pude encontrar allí me transmitían tanto que me hubiese encantado vivir allí.
Alfombras, decoración de estilo árabe, alfarería, la famosa Mano de Fatima...
Era todo lo que me encantaba reunido un mismo sitio y en un pequeño barrio de una gran ciudad.
Aquella vez disfruté mucho de mi viaje a la Alhambra, pero todavía fue más especial para mi volver en 2011, después de conocer en profundidad el islam, de ser musulmana, llevando puesto mi pañuelo (hijab), y acompañada de mi marido.